Cuando uno habla de los adolescentes, en general habla sobre las características más comunes de esta etapa.
Las crisis que se producen son producto de las transformaciones que los chicos van teniendo tarde o temprano.
El nombre de adolescencia nunca estuvo mejor puesto: adolescen al crecer, les duele crecer. Es un momento de cambio, un momento de abandonar cosas para adquirir nuevas. Un momento para vincularse con el sexo opuesto desde otro lugar, un momento para compartir con los pares de otra manera.
Todo esto tiene, como corresponde etapas de transición donde tienen ganas de seguir jugando con el cochecito (o las muñecas, en el caso de la chicas) y por el otro lado tienen el temor y la vergüenza de ser descubiertos y burlados por ello y, como si fuera poco, también tienen ganas de ser grandes y hacer cosas de grandes. Cambian la voz y las formas, cambian los deseos y los proyectos, cambian las formas de hacer las cosas, cambian los mitos y los líderes a imitar. Es un momento de cambio tras cambio.
En este entorno tenemos que pensar que cada chico tiene su tiempo y cada uno llega a este lugar siempre a destiempo de sus amigos y conocidos. Las oportunidades de exclusión están siempre latentes y el sentido de pertenencia hace que muchas veces hagan cosas que de otro modo no habrían hecho. Fumar, beber, son algunas de las cosas que en esta etapa muchos adoptan simplemente por intentar pertenecer a un grupo o una comunidad. Obviamente sin medir las consecuencias ulteriores de esta acción.
Las crisis se producen antes o después, algunas más manifiestas que otras. Pero el cambio está y con ello los desajustes.
Que tenemos que hacer los padres, pues estar atentos, acompañar este crecimiento, hablar y hablar permanentemente con nuestros hijos, aconsejar, asesorar, transmitir valores en forma contínua y reiterada. Pero también poner límites, sin dudar. El adolescente pide límites a gritos y los adultos somos quienes estamos llamados a ponerlos. Esto no quiere decir violencia, ni física ni de ningún otro tipo, sino la firmeza correspondiente que preserve la integridad física y moral de nuestros hijos. Igual podemos ser amigos de nuestros hijos, no hace falta ser ogros para decir NO a una situación que podamos considerar perniciosa. Te puedo asegurar que te lo agradecerán el resto de su vida.
Tengo la suerte de convivir, como docente, hace ya más de 13 años con 300 adolescentes de entre 15 y 18 años, todos los días.
Se de su crueldad a la hora de marcar las diferencias, pero también se de su bondad cuando se comprometen con una causa o cuando se convencen que tienen que ayudar al projimo. Todo es una cuestión de propuestas y de mucho trabajo, día tras día.
Con ellos se pueden obtener grandes cosas.
Me parece magnífico que desde ya pueda tener una actitud de no agresión y, por otra parte, adquirir formas de respuesta a la agresión de los demás. Como todo en la vida, esto es una cuestión de entrenamiento y si puede generar "anticuerpos" a la agresión podrá, seguramente, evitar momentos de frustración y angustia.
Un abrazo.

      Ruben